ESPÍRITU
En la pensión de la calle Borges, en Palermo, hay gente muy flashera. En algunos casos, como en el de Gavilán, el flash es producto de intensas actividades intelectuales.
Gavilán tiene unos setenta años. Maestro en el arte del sexo, dedicó su vida a esta pasión y a otra, de carácter intelectual religioso: el estudio del espiritismo.
Las veces que me lo encuentro charlamos largo rato de cuestiones varias, sobre todo de mujeres. Para no joderlo, porque se que para él es tema serio, nunca le pregunté acerca del espiritismo.
El feriado del 25 de mayo me lo crucé en el café de Paraguay y Gurruchaga y me invitó a que me sentara con él. Lo noté preocupado, un poco ebrio y acaso inquieto. Antes que le pregunte me contó lo que lo afligía, que es mas o menos lo siguiente.
Si bien en el mundo actual el misticismo ha disminuido notablemente, esto no quiere decir que los espíritus hayan dejado de pulular entre nosotros. Ciencias como la psicología han colaborado a desterrar el mito de los espíritus y en parte lo han hecho, dando explicaciones físicas y psicológicas a procesos mentales que llevan a algunos humanos a creer que los espíritus existen.
Pero lo que sólo ha hecho la psicología es nada más que bajar en número el porcentaje de los creyentes.
Hay espíritus buenos y malos, se sabe. De los malos hay uno que anda jodiendo bastante. Tiene la particularidad de meterse en cuerpos y mentes de miembros de una misma familia, sobre todo de hermanos. Este espíritu, antes de morir persona, había sido compañero de Gavilán en el colegio secundario, su nombre era Isaías. Le gustaba mucho la joda, tanto que lo llevó a cometer actos muy perjudiciales para él, tornándose en un ser indeseable para quienes lo rodeaban. Isaías se pegó un tiro en la estación de trenes del once, una mañana de mayo del 56. Ahí mismo comenzó a ejercer su nueva condición, la de espíritu.
En los últimos años el espíritu se metió en la familia de los hermanos Massa, del barrio de Colegiales.
Los espíritus suelen usar medios u objetos que en vida fueron significativos para ellos y es a través de estos medios y objetos que pasan a tener un cuasidominio de las personas usurpadas. El alcohol era el medio y el elemento de Isaías.
En los últimos meses Isaías se metió en la familia Massa, del barrio de Colegiales. Primero habitó el cuerpo del hermano mayor de los Massa, un pibe tranquilo que había hecho los primeros tres sacramentos católicos, hacía deporte, era estudioso y tenía todas las cualidades que el uso social rotula como “un buen muchacho”.
Al cumplir los quince años su comportamiento cambió radicalmente, empezó, mediante el
alcohol, a cometer actos imprudentes. Agresiones físicas a propios, extraños y a sí mismo, robos, orgías brutales sin ningún tipo de cuidado y aberraciones de toda índole se sucedieron todas las semanas durante ocho años. Los padres, alarmados, intentaron ayudarlo mediante el cristianismo primero y la psicología después, sin lograr ningún resultado. Gavilán, amigo del padre y conocedor del espíritu en cuestión, los llevó a la Iglesia Espiritista y logró que el Guía expulsara a Isaías. El Guía también lo destinó a las tinieblas, ante la queja enérgica de Gavilán, que nada pudo hacer.
El pibe volvió a ser una persona tranquila y la paz volvió a la familia Massa, pero sólo duro un mes.
Ahora Isaías está en el cuerpo de la hermana, haciendo quilombo a troche y moche. Hasta ahora están intentando con la psicología, ya que la madre está convencida de que este fue el camino y no el de la Iglesia Espiritista.
Después de tomar el vaso de vino, Gavilán se subió al colectivo para ir a Colegiales y hablar con la madre. Tarea difícil, me dijo antes de irse, pero no sólo soy experto en el arte del amor y del espiritismo, tengo, al igual que Jesús o Siddharta, un gran poder de persuasión.
Creer o reventar, me dijo mientras se despedía.
Yo le creo, porque esa noche, yo, que nunca tomé un trago, salí de caravana y totalmente ebrio terminé preso, me acordé de lo hablado con Gavilán y mediante un eructo que resonó en la celda de la seccional 23, tuve la sensación inequívoca, indescriptible mediante palabras, de haber expulsado un espíritu. Cuando me desperté vino un policía con un balde lleno de agua y un trapo y me dijo: pibe, limpia las paredes que rayaste con tu nombre, antes de que se te ponga más feo el asunto.
Miré las gastadas paredes. El nombre Isaías estaba escrito por todos lados.
